jueves, enero 13, 2005

De madrugada, Barrio del Abasto

Asi era el mercado que le da su nombre a mi barrio... a principios del ´900


Me desperté hoy muy temprano, en un aturdimiento repentino, y me levante ahogado por un hastío imcomprensible. Ningún sueño lo había provocado, ninguna realidad lo podría haber producido. Una náusea física de la vida entera nació con mi despertar. Un horror de tener que vivir se alzó conmigo de la cama. Todo pareció hueco y tuve la impresión fría de que nada tiene solución (¿reflejo de mi país?).
Temí enloquecer, no a causa del delirio, sino de esa verdad. Recorrí el living, y me detuve en esa zona erosionada de mi espíritu, allí encendí un cigarrillo, comprendí que la consciencia de mí, la consciencia que yo debería tener de mí, se había intercalado con el abismo.
Recibí el anuncio de la mañana, la poca luz fría que infunde un vago azul blanco al horizonte que despunta, como un beso de gratitud de las cosas. Porque esa luz, ese verdadero día, me liberaba no sé de qué, me extendía una mano hacia la vejez incognita, le hacía fiesta a la infancia postiza, me amparaba en un reposo mendigado por mi sensibilidad desbordada.
¡Ah, qué mañana es esta que me despierta a la estupidez de la vida, y a su ternura inmensa! Casi lloro, viendo despuntar ante mí, debajo de mí, la gran Avenida, y cuando los techos del edificio de la esquina ya se muestran castaño sucio en la luz que empieza a derramarse, mi corazón siente un alivio de cuento de hadas, y empieza a conocer la seguridad de no sentirse.
¡Qué mañana esta pena! ¿Y qué sombras son las que se alejan? ¿y qué misterios sucedieron? Nada: el sonido de los colectivos como un fósforo que va a iluminar la oscuridad del alma, y los pasos sonoros de aquellas personas que son la realidad concreta diciéndome, con voz de amigo, que trate de estar bien.